Baile de máscaras
La rodeaban máscaras con trajes victorianos que siempre la siguieron por todos los extraños caminos de sus alucinaciones. Estaban allí cuando iba a su pequeño refugio del bosque, ese que se encontraba detrás de árboles blancos y subiendo la torre circular. Era una casa a medio construir y llena de esquinas, en las que se sentaba a meditar y sentirse protegida. A veces encontraba alguien adentro y bailaba con él en el salón central. Allí, las máscaras se fusionaban con el empapelado de las paredes.
También las veces que se encontraba corriendo bajo la luna dentro de una piel de lobo las veía adheridas a los rostros y olfateaba su metálico olor. Una noche las miró flotando en el río entre las balsas color crema y los puentes de madera.
No les temía, sin embargo nunca osó ponerse una, temía que su obsesión incrementara y que aquella forma de percibir el mundo fuera alterada. Se habían convertido en su más cercana, inexplicable y privada compañía, nadie era capaz de comprender el alcance de las cosas que veía. A menudo, cuando se encontraba en solitario, les hablaba cual confesión de diario, les cantaba y les hacía preguntas que siempre quedaban incontestadas por un sacro silencio.
Aquella madrugada se había separado del camino siguiendo el rumbo de una mariposa que le coqueteaba entre los árboles. Cuando amaneció no consiguió ubicarse, caminó buscando una salida pero, a pesar de ser de día, la tupida vegetación no le permitía alcanzar una dirección. Buscó a la mariposa y no la encontró. Sin embargo, las máscaras la acompañaban, se mimetizaban con los troncos de los árboles, se movían debajo de sus pies y volaban cerca de ella con diversas danzas. Les habló una vez más, pidiéndoles un camino a seguir. No escuchó respuesta y se sentó, con los codos en las rodillas y la frente apoyada en las manos. Vio en el suelo una antigua huella que reconoció como suya y comprendió que estaba en un laberinto. Subió la mirada y las máscaras comenzaron a moverse inquietas, formaron un círculo alrededor de ella como en un ritual. Bailaban con cierta cadencia hasta que una resultó elegida. Se acercó rápidamente a ella y se posó sobre su rostro.
Ella cerró los ojos, brincó, trató de quitársela y no pudo, se aferraba con firmeza a su piel. Abrió los ojos con la respiración acelerada y no vio máscaras sino personas, de todas las etnias, con atuendos de diversas épocas y variadas edades. Extrañada y con dificultad pudo articular unas palabras, y recibió respuestas de muchas voces y en muchos idiomas, jamás había visto algo como aquello. Las máscaras ya no volaban a su alrededor, ahora era una de ellas.





