14 enero 2009

Baile de máscaras


La rodeaban máscaras con trajes victorianos que siempre la siguieron por todos los extraños caminos de sus alucinaciones. Estaban allí cuando iba a su pequeño refugio del bosque, ese que se encontraba detrás de árboles blancos y subiendo la torre circular. Era una casa a medio construir y llena de esquinas, en las que se sentaba a meditar y sentirse protegida. A veces encontraba alguien adentro y bailaba con él en el salón central. Allí, las máscaras se fusionaban con el empapelado de las paredes.

También las veces que se encontraba corriendo bajo la luna dentro de una piel de lobo las veía adheridas a los rostros y olfateaba su metálico olor. Una noche las miró flotando en el río entre las balsas color crema y los puentes de madera.

No les temía, sin embargo nunca osó ponerse una, temía que su obsesión incrementara y que aquella forma de percibir el mundo fuera alterada. Se habían convertido en su más cercana, inexplicable y privada compañía, nadie era capaz de comprender el alcance de las cosas que veía. A menudo, cuando se encontraba en solitario, les hablaba cual confesión de diario, les cantaba y les hacía preguntas que siempre quedaban incontestadas por un sacro silencio.

Aquella madrugada se había separado del camino siguiendo el rumbo de una mariposa que le coqueteaba entre los árboles. Cuando amaneció no consiguió ubicarse, caminó buscando una salida pero, a pesar de ser de día, la tupida vegetación no le permitía alcanzar una dirección. Buscó a la mariposa y no la encontró. Sin embargo, las máscaras la acompañaban, se mimetizaban con los troncos de los árboles, se movían debajo de sus pies y volaban cerca de ella con diversas danzas. Les habló una vez más, pidiéndoles un camino a seguir. No escuchó respuesta y se sentó, con los codos en las rodillas y la frente apoyada en las manos. Vio en el suelo una antigua huella que reconoció como suya y comprendió que estaba en un laberinto. Subió la mirada y las máscaras comenzaron a moverse inquietas, formaron un círculo alrededor de ella como en un ritual. Bailaban con cierta cadencia hasta que una resultó elegida. Se acercó rápidamente a ella y se posó sobre su rostro.

Ella cerró los ojos, brincó, trató de quitársela y no pudo, se aferraba con firmeza a su piel. Abrió los ojos con la respiración acelerada y no vio máscaras sino personas, de todas las etnias, con atuendos de diversas épocas y variadas edades. Extrañada y con dificultad pudo articular unas palabras, y recibió respuestas de muchas voces y en muchos idiomas, jamás había visto algo como aquello. Las máscaras ya no volaban a su alrededor, ahora era una de ellas.


31 octubre 2008

Aire en todas partes


Tú, el eterno indescifrable
El lobo que muerde cuando huele miedo
El mago que navega por los vastos laberintos de la incertidumbre
Vuelas por los espacios que se ocultan ante la sombra de la luna
Confundes, sonríes, atrapas y eludes
A las oquedades de mi mente que transitan
Por los paraísos perdidos
Los azules vacíos
Las tonadas de las cuerdas de jade
Las miradas que nunca permanecen
Los tiempos en que somos
Y aquellos en que no

Voltea, si buscas entre los pasillos de este laberinto circular
Encontrarás los caminos entrelazados en piel
Que se ocultan furtivos tras unas palabras de acero
Debajo de los tatuajes dibujados entre gotas de sangre
Atravesando a nado espacios sin sensaciones
Esperando

26 junio 2008

Caminos intrincados


Caminos intrincados, laberínticos
Confusión de espejos
Inmóviles detrás del tiempo
El quizás del tu, la afirmación del yo
La certeza de toda incertidumbre
Soy hombre y no soy nada
Fui la mirada ingrávida del mediodía
Olvidé el sonido de las campanadas
Un toque humano alteró el camino
Ya no existen años, ni nubes
Ni sombras, ni sol
Sólo caminos
Sombríos
Atestados de raíces
Jugando a hacernos tropezar

12 febrero 2008

"¿Por qué sigo golpeándome con un martillo? porque se siente tan bien cuando dejo de hacerlo"

--Gray's Anatomy

04 febrero 2008

Hojas negras



Comenzó rozando la superficie del terciopelo. Sentada en la ventana, en silencio, se hundía indefiniblemente dentro de su cabeza. Había abandonado toda tentativa de escribir en un diario y cualquier intento por organizar sus pensamientos. Desde afuera todo parecía muy simple: una sucesión de hechos fortuitos, alguna palabra de amor, constantes silencios y cierta sonrisa inusitada de vez en cuando. Desde adentro de la ventana todo era más complicado. Alguna vez había permitido que miraran hacia ese lugar, ella. Pero algunas flechas lanzadas desde el exterior lastimaron su piel y se escondió tras el terciopelo negro. Había pasado tiempo sin atreverse a mirar hacia fuera y principalmente sin permitir que nadie pudiese ver hacia el interior. Tenía miedo de que las marcas en la piel volvieran a doler.

Cuando cubrió la ventana rompió todos los espejos y suspiró con dulzura, luego empezó a apilar recuerdos y hacerlos bailar a su alrededor. Cajas y cajas, estantes, baúles gavetas y cestas: todos colmados de memorias que la acompañaban sigilosamente en sus momentos de zozobra. Ellos construían sus laberintos de papel, que recorría con parsimonia día tras día.

Llegó el momento en que, hundida en retazos de memoria, comprendió que la habitación se hacía cada vez más pequeña para ella. Decidió deshacerse de todos los recuerdos, pero para no perderlos, quiso tatuarlos en su piel. Tomaría tiempo, no quería hacerlo a la ligera.

Primero sembró cerca de la ventana una planta Lawsonia dentro de una vasija de cristal. Mientras fue creciendo la cuidó con todo el cariño que tenía para compartir: le hablaba, lloraba sobre sus hojas, la acariciaba y antes de dormir le contaba historias de sus recuerdos. Finalmente logró alcanzar el tamaño necesario. Ella fue cortando rama a rama con dolor, y utilizándolas para preparar el tinte. Hizo un pincel con sus pestañas y pintó sobre su piel durante días. A medida que dibujaba cada recuerdo encima de su cuerpo desaparecía el rastro de papel correspondiente. Cada día debía cortar nuevas ramas y transcribir más recuerdos hasta que ya no quedó un solo pedazo de papel en la habitación. Tampoco quedaba nada de su querida Lawsonia.

Con la seguridad de que las heridas habían quedado debajo de la tinta se atrevió a mover el terciopelo negro y dejar entrar la luz. Ya no temía tampoco perder sus recuerdos, mas bien ahora descubría sus brazos y hombros para lucirlos. Recordó nuevamente su sonrisa y le sonreía a los que se detenían a observar los tatuajes de su piel. La luz y las miradas corrompieron la tinta y los dibujos se fueron trastornando en hojas cada vez más ajadas. Los recuerdos se habían enredado entre las ramas de la planta Lawsonia, y esta se había marchitado sobre su piel. El tatuaje se fue convirtiendo en hojas negras y los transeúntes aprendieron a mirarla con horror, distancia y admiración.

17 octubre 2007

Máscaras

Foto extraída de una selección de imágenes del carnaval de Venecia del 2007


Improvisa vestidos de piedra
Profiere detrás de antifaces de cartón
Derrama lágrimas cristalizadas artificialmente
No se trata de personificar sino de transfigurarse

Conviértete en máscara y escenografía
Haz tuyas las lágrimas que no te pertenecen
Cubre tu rostro de falaces manchas
Y permite entrar a la caricia de los aplausos
Que la sangre permanezca tuya aunque cambies siempre de piel

Deja caer las sombras de los que te observan
Insinúa las formas de los errores humanos
Sonríe ante las falsas emociones
Invoca voces del pasado y del futuro
¿Acaso es posible que cuando caiga el maquillaje nada haya cambiado en ti?

19 julio 2007

Desde aquí

Imagen: Desiree Dolron


Nunca pensé que moriría bajo el borde filoso de un blasón bizantino. Tampoco esperaba tener la piel colmada de jazmines y los ojos saturados de flores de loto. Acostumbraba caminar sobre las emociones puntiagudas que traen las luces nocturnas después de las diez y media de la noche, eso sí. Asomarme a la ventana a desear inalcanzablemente la luna era mi credo de todas las madrugadas y cuando estaba llena me afectaba más. Meditaba sobre los deseos del instinto animal, sobre la muerte, sobre esas jornadas de cacería que presenciaba desde lo alto de la azotea cuando la iluminación urbana ya no significaba ninguna protección para los inocentes. Aullidos ahogados entre disparos y vuelos de pájaros interrumpidos abruptamente yacían en el aire como las óperas de la ciudad. Sin embargo el silencio era fatal. Percibía los sonidos solamente porque mi costumbre me había hecho agudizar el oído pero no porque quisiera escucharlos. Quizá fue por eso que me buscaron a mí. En las escaleras de emergencias, entre los pliegues de las paredes, huyendo de los focos de luz tenue que habitaban intermitentemente en algunas habitaciones e incluso pululando dentro de las fauces de los animales salvajes condenados a morir. En alguno de esos puntos de inconciencia perdí el equilibrio. Lo demás fue inevitable.

07 julio 2007

Contienda


Imágen: Andrés Serrano

Ánimos estrangulados que nacen a media voz hacia el interior de la pupila. La guerra siempre está comenzando y jamás piensa en terminar. Ésta es una de esas veces. Individuos vestidos de animales, dementes con máscaras de humanos, políticos disfrazados de personas y venganzas adornadas detrás de una aparente cordialidad. En este pequeño espacio los edificios no abruman. Tampoco la tecnología, los cables o las amenazas de bomba en los rieles del metro. La inseguridad de la guerra está entre nosotros mismos. Los animales caminan con maletines en la mano tratando de sobrevivir a toda costa, sin importar a quien tengan que atacar. Otros, como las hienas, se entretienen con risas vacías y sin sentido dentro de un mundo gris que no parece avanzar hacia ningún lado. Algunos sueñan con un abrupto final, otros se encierran en el cine a ver películas viejas hasta que sus ojos dejan de percibir cualquier tipo de partícula de luz. Todos, de algún modo, flagelamos nuestras espaldas y las ajenas mientras transitamos por aquí. Nadie se queja en voz alta, el ruido no lo permite.

22 junio 2007

En silencio




Estos caminos que se van desdibujando
La huella donde se pisa y no queda nada
El espacio vacío colmado de silencio
Voces que gritan mudas
Sonrisas que se ahogan
Recuerdos que dan la talla
para perderse y soñar por un momento
Desesperaciones que se desvanecen en la tierra
Uñas que rasgan piel
Sangre que brota buscando libertad
Lágrimas que se esconden ante otros ojos
Mirar, mirar hacia abajo y disiparse
Entre los puntitos de la acera
La música artificial
Los sonidos cariñosos
El bullicio de los edificios
El asco del humo químico
Los deseos apagados por las luces artificiales
El dolor, que se siente impalpable
y te rodea tenazmente
Sólo te queda
huir
desangrarte
llorar
adolecer
en silencio, siempre.

10 junio 2007

Ciudad viva



Almorzaron entre las balas de plata antigua. La pintura de sus pieles se descosía a medida que el día se dibujaba. Advirtieron el momento en los libros, en la música ochentosa y en las velas que se prendían y apagaban a gritos. Sus emociones eran tan incontrolables como aquella fuerza primitiva que se despertaba a su alrededor. Las reservas de tinta de los bolígrafos explotaban, tiñendo aquella desesperación de colores desquiciados. Nadie se molestaba en mirar hacia fuera, los anuncios eran demasiado dolorosos y preferían encerrarse en un mundo perfecto, estático y muerto.
Afuera había caos, pero también vida. Los luchadores, los que gritaban, los que lanzaban objetos sin sentido, los que se ahogaban en el humo de los demás, los que escribían canciones llenas de lugares comunes mientras se postraban en una azotea a oler los deseos lacrimógenos de la ciudad. Todos ellos estaban vivos. Sentían, respiraban y sufrían vida mientras que los cobardes llamaban a las luciérnagas urbanas desde las ventanas de los pisos altos.
Los sabuesos y las serpientes se colaban entre los poros del concreto para morder a los que lloraban en silencio. Siempre dejaban marcas inquebrantables sobre la piel.

Pregunta





Escrito con tinta negra sobre la vitrina de una tienda vacía:
¿Qué hacer cuando te duele el mundo en el que vives?
Escrito debajo, con pintura de labios rosada:
Llóralo
Escrito a la derecha con marcador indeleble color verde:
Destrúyelo
Escrito con sangre hacia la esquina izquierda, a poca distancia del suelo:
Cierra los ojos

20 mayo 2007

Llámame espejo y yo te llamaré deseo


Llámame espejo y yo te llamaré deseo

Miradas imprescindibles

Sombras arbóreas

Caminos inextricables

Reojos inéditos

Besos de madera

Cuerpos transparentes

Rostros inquietos

Lenguas metálicas

Vientres de piel

Respiraciones aletargadas

Brazos de piedra caliza

Sangre de aire

Tatuajes efímeros de significación.


19 mayo 2007

Una mirada inocente

Las puntas afiladas se posan, cada una, en distintos extremos de aquella pálida espalda. La tinta las une, recorriendo la piel con enrevesadas filigranas. Un tatuaje, que está desde tiempos inmemoriales, registra en cada poro todas las variedades de la miseria y las sonrisas humanas.
Cada punto duele. La tinta se ha extendido a lo largo de casi todo el cuerpo, condenado eternamente. Destila sangre, deseos y límites. Busca desesperadamente dormir sin soñar.
Minutos, horas e infinitudes de las agujas del reloj se clavan reiterativamente inscribiendo pigmentos naturales sobre las huellas de las violencias humanas. La espalda se encorva para recibir la herida que las demás personas ocasionan al caminar sobre ella.
Un profeta despreciado de la encrucijada grita hacia el este que un par de ojos inocentes se van a detener a mirar y que, por primera vez, no se contaminarán de las enfermedades de esta raza.

¿Paz?

22 abril 2007

Inicio y fin de la destrucción


Calor… sensación abrasadora en los poros de la piel, que se quejan ante las quemaduras de la ingenuidad llevada a ambos extremos. La madera se seca y se vuelve misántropa, brama cuando la tocan. Las frutas se pudren y la vegetación pierde sus colores de follaje primaveral. En el fondo todos presienten que algo está por suceder. Una pulsión de la tierra, una mirada evasiva, una aguja penetrando la piel sin producir dolor. El viaje comenzó hace miles de años, cuando una serpiente mordió una manzana y le echó la culpa al hombre quien, a su vez, atribuyó esta culpa a la mujer.